“El Gran Deschave” en el Liberarte

*Por Federico Lartigue.
@FedeLartigue 

Después de su paso por la televisión, Leonardo Cerrizuela vuelve al teatro, pero esta vez como director. El desafío fue: “El Gran Deschave”, escrita en 1974 por Sergio De Cecco y Armando Chulak. Esta pieza teatral es un éxito de taquilla exhibida en el Teatro Liberarte desde enero de este año.

La obra nos invita a reflexionar acerca de la falta de comunicación en el hogar, particularmente por la televisión. Al descomponerse el aparato los personajes comienzan a mirarse a los ojos y sincerarse. Se dicen lo que nunca antes se habían dicho a causa de la distracción constante de la TV. El público puede identificarse con ellos sin ningún esfuerzo.

“El Gran Deschave” es una obra compleja e interesante. Con muchos diálogos y solo cinco personajes en escena, es por momentos una comedia muy divertida y por otros un drama que sensibilizaría a cualquiera. Además del gran desempeño de los actores: Marcelo Silguero, Lorena Bruquetas, Jorge Ferreiro y Rosa Sánchez Jarnie, se utilizan muy bien los recursos dentro del lenguaje teatral. La musicalización, la iluminación y la escenografía acompañan tan bien el desarrollo de la obra que fácilmente transmite las sensaciones y emociones de los personajes.

El grupo teatral “Sin Red” realizó su labor de manera profesional y comprometida, con un despliegue artístico excelente. Jorge Ferreiro encarnó dos personajes: Don Robustiano y Martinuchi. Pocos en el público lo notaron, ¿Cómo una persona puede representar dos personajes tan distintos? Es evidente el talento actoral.

Leonardo Cerrizuela se define a sí mismo como un “obse”. Atento a cada uno de los detalles, desde colocar la música en el momento justo hasta hacer un piano para la escenografía, este joven director logró mantener al público atrapado desde el inicio hasta el final. El éxito en adaptar una obra tan compleja a nuestra actualidad es innegable.

En relación a la televisión, y más allá del carácter distractivo y manipulatorio que Humberto Eco le atribuye, esta puede ser un fuerte aparato ideológico destinado a reforzar el conjunto de normas y valores del sistema y mantener un statu-quo. Y esto lo logra porque mantiene ideas a través de una programación cuya propuesta general supone modelos de conducta dados como los únicos aceptables y posibles. La programación y la publicidad responden a la necesidad de una constante defensa y reafirmación de valores fundamentales del sector hegemónico.

Por ejemplo, los programas televisivos cumplen una función de adormilar la mente de los teleespectadores a través de charlas insubstanciales y superfluas. Los contenidos muchas veces son del tipo mosaico, se hablan de muchos temas, ninguno es más importante que el otro, combinan cuestiones del tipo social con farándula.

Por otro lado, las publicidades y las telenovelas imponen modelos de vida con normas y valores a través de sus ídolos estereotipados. Transmiten formas de actuar, de ser, de vestir. Los argumentos en las series muchas veces están alejados de la realidad y mantienen una cordialidad en donde “no pasa nada”. No hay mayores problemas que los desamores de sus protagonistas. Se propone una imagen de una juventud que se define por no definirse. Por no tener opinión sobre nada y por vivir una actitud mesiánica, en espera del amor que todo lo redime. Es una juventud consumidora de estilos y de identidad.

Tenemos así una gran masa de público que consume modelos culturales correspondientes a los sectores superiores considerándolos expresiones autónomas y propias. Estos productos culturales, los Wachiturros por ejemplo, son generados y producidos desde el mercado solo para vender. Y así se proponen modelos culturales funcionales solo al sistema y al mercado.

La reflexión a la que nos insita Leonardo Cerrizuela en “El Gran Deschave” tiene que ver con todo esto. Apagar la televisión, dejar de consumir estos modelos culturales y disfrutar de la cotidianeidad familiar y de otros espacios de interacción desplazados en tiempos de la globalización y la digitalización.

Durante la entrevista le preguntamos por qué dejó la televisión para volver al teatro. En palabras del mismo Cerrizuela: “la tele no te satisface artísticamente, sí económicamente, sí a nivel exposición. Si digo que trabajé en Video Mach, en No Hay Dos Sin Tres, en HDP, eso garpa. Sirve a la hora de cortar un boleto, una entrada, pero artísticamente es como que te baja. La gente que busca realmente teatro, que busca algo con contenido, no lo encuentra en Video Mach.” Después agregó “Yo trato de evitar decir que trabajé en tal lugar. Igual creo que como actor, para estar completo, tenés que trabajar en todo. En mi caso particular me considero: más que actor, un artista. Abarco o trato de abarcar varias ramas del arte, pinto, tallo, escribo, y publiqué un libro además.”

Miramos todos los días programas y telenovelas que imponen ideas y valores sobre como vestir y como vernos. Observamos actores y modelos que delimitan una estética corporal a imitar. Con argumentos frívolos y superficiales, nos alienan y nos enajenan día a día. El verdadero arte, los verdaderos artistas crean productos culturales con contenido y calidad y este es el caso del grupo teatral “Sin Red” y de Leonardo Cerrizuela: “hagas lo que hagas tenés que dejar un mensaje, tenés que dejar algo en que pensar. No puede ser solo la risa o el llanto del momento.”

Bibliografía de referencia:
“TV Guía Negra” de Walger Sylvia e Ilanovsky Carlos. Buenos Aires, Ediciones De La Flor.
“Apocalipticos e Integrados” de Humberto Eco.

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